Cuando el ego eclipsa el valor de una vida.
El regreso de Nahuel Gallo a la Argentina debería haber sido, simplemente, una noticia para celebrar. Un argentino que estuvo detenido durante más de un año en otro país volvió a su hogar, a su familia, a su tierra.
En cualquier sociedad sana, ese hecho bastaría para unir voluntades, agradecer los esfuerzos realizados y mirar hacia adelante. Sin embargo, en la Argentina una vez más ocurrió algo distinto: el foco dejó de estar en la vida recuperada y pasó a estar en quién se queda con el mérito político.
Lo que debería haber sido un momento de alivio y unidad nacional terminó convirtiéndose en una disputa de egos. Unos sostienen que la liberación fue fruto de la presión diplomática del gobierno argentino. Otros aseguran que las gestiones fueron realizadas por intermediarios informales, incluso desde el mundo del fútbol. También aparecen quienes afirman que la presión decisiva provino del escenario internacional. En medio de estas versiones cruzadas, lo verdaderamente importante parece haber quedado en segundo plano.
Porque la pregunta central no debería ser quién lo trajo, sino por qué los argentinos terminamos discutiendo el mérito en lugar de celebrar que una vida volvió a casa.
En política suele ocurrir que los relatos compiten por apropiarse de los hechos. Pero hay momentos en los que la grandeza de una sociedad se mide por su capacidad de reconocer que, más allá de las diferencias, hay causas que están por encima de cualquier disputa. La vida de un ciudadano detenido en otro país debería ser una de ellas.
Cuando el ego entra en escena, el sentido de las cosas se distorsiona. El debate se transforma en una carrera por el crédito, por la foto, por el titular que permita decir “fuimos nosotros”. Y así, lo que debería ser una victoria humanitaria termina reducido a un trofeo político.
Pero ninguna estrategia, ningún gobierno, ninguna institución puede adjudicarse plenamente algo que, en realidad, es más profundo: el valor de una vida recuperada.
Nahuel Gallo volvió a su casa. Volvió con su familia. Volvió a su país. Ese debería ser el punto final y, al mismo tiempo, el punto de partida para una reflexión más amplia: la política necesita recuperar la capacidad de reconocer aquello que es más importante que cualquier relato.
Porque cuando la discusión gira solamente en torno al mérito, corremos el riesgo de olvidar lo esencial.
Y lo esencial, en este caso, es simple y contundente:
un argentino volvió a casa.

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